Los encuentros con FESORD empezaron y con ellos creamos la semilla de Antoñita. Allí apareció la vibración como algo más que un fenómeno físico: como una forma de presencia, de comunicación y de escucha.
Durante el proceso, comenzamos a investigar desde la intuición y la experimentación. Me interesaba descubrir qué ocurría cuando el oído dejaba de ocupar el lugar principal y el cuerpo asumía la responsabilidad de percibir.
Recuerdo la sorpresa de sentir el ritmo atravesándome desde otro lugar. Como si el movimiento naciera directamente de la piel, de los huesos o del contacto con el espacio. Una experiencia que me hizo preguntarme cuántas formas existen de escuchar y cuántas maneras distintas tenemos de habitar una misma danza.
Ahí entendí que la escucha no pertenece solo al oído. Que existen otras formas de bailar, otros caminos para llegar al movimiento.
Vibrar nace de ese descubrimiento: de la posibilidad de dejarse atravesar por aquello que no siempre se oye, pero que siempre está ahí.
La mediación cultural de Antoñita nace del deseo de generar espacios de encuentro entre las artes escénicas, la danza y la comunidad sorda. El proyecto entiende la cultura como un derecho y la accesibilidad como una forma de participación activa, no como una adaptación posterior.
La Vibración del Silencio es un taller participativo intergeneracional que acompaña el proyecto Antoñita y acerca su universo artístico a distintos cuerpos, edades y experiencias.
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